Morir en vida…
Esta es la historia de una joven que a sus 27 años de edad
aún no conocía lo que era besar unos labios cálidos, o sentir una caricia
masculina que erizara su piel haciéndole explotar de placer, no entendía que
era el amor, ni sabía que era una ilusión.
Creció en una familia donde el único fruto de “amor” era
ella, hija única, cuyo mundo de infancia
se resumía a una madre amorosa, traviesa, juguetona y un padre recto, estricto,
conservador, muy parco pero muy trabajador.
Tuvo una niñez fabulosa, pero solitaria, sus únicos compañeros eran sus
juguetes y ¡claro! una muñeca que era su cómplice de jugarretas e historias
fantásticas que la hacían viajar a mundos y reinos fabulosos y excitantes. Logró
disfrutar de un colegio, donde compartió con otras niñas permitiéndole de algún
modo no sentirse tan sola, pero ¿quién a esa edad piensa que está solo?
A pesar de eso, ella crecía desapercibida de la triste y
cruel realidad, pero se puede decir que en esa época logró vivir…
A medida que el tiempo pasaba y su mente y su cuerpo
maduraban, comenzó a darse cuenta de las discusiones innumerables de sus
padres, del miedo y terror que le había tomado a su padre por lo irascible que
era, pero de algún modo no le hizo caso a esto y ella seguía sumergida en su
dimensión de juegos y alegrías.
En el cumpleaños 11, como todos los cumpleaños, no hubo ni
fiesta, ni regalos, sólo una torta que se compartía entre su fracturada y
silenciosa familia y desde ese momento comenzó a odiar los cumpleaños y a ver
esa fecha como un día más del calendario. Al alcanzar esta edad comenzó su
bachillerato en el mismo colegio religioso y de sólo mujeres, allí empezó a tener “amigas” y a cambiar muñecas y
peluches por libros, lápices, cuadernos y unos lentes que la hacían ver como
ratón de biblioteca, era excelente en su clase y aunque odiaba las matemáticas
lograba sacar buenas notas y superarlas, para nunca defraudar a su padre que no
se satisfacía con nada.
Así siguió su vida, del colegio a la casa y de la casa al
colegio, en su hogar veía como cada vez su familia se desintegraba como cuando
se rompe un vaso y se hace añicos, desde ese instante, cada día era una muerte lenta, muy lenta, en
vez de sentir que vivía, en cada
amanecer moría un poco. En el colegio no era mejor, veía como sus amigas
lograban conseguir novios y amigos mientras
ella con sus lentes y su cuerpo rechoncho no socializaba, pues su
timidez y su estricto padre jamás le permitieron abrirse al mundo, pero a pesar de todo aprendió adaptarse a su realidad
solitaria y poco amena, a sonreír fingiendo que no pasaba nada.
Al cumplir 15 años, año en que las jóvenes solo quieren tener
su fiesta de 15 y bailar con el muchacho que les gusta, esta joven enfrentaba
la pérdida de su madre, no murió, sino que se marchó de su lado. Esa noche
antes de hacerlo tuvo una conversación con ella, la cual acurrucada en sus
cobijas, extrañada y un poco confusa la escuchaba:
- - Hija, debes saber que eres el ser más
importante para mí, cuando naciste y te tuve entre mis brazos fuiste mi mayor
alegría y lo eres aún, nunca pienses que te he dejado de amar, siempre te amaré
más que a mi vida.
De sus ojos caían lágrimas que la joven no lograba entender y
entre su cansancio le replicó
- - Mami, no digas bobadas, no entiendo
porque me hablas así, déjame dormir, mañana tengo que madrugar para el colegio
y tengo examen.
Y la madre con su llanto encajado en la garganta simplemente
respondió:
- - No te preocupes, descansa, te quiero
y te querré siempre.
Después de besarla en la frente, salió del cuarto.
A la mañana siguiente, su madre no estaba en la casa, se
había marchado y no estaba con ella, la joven no lloró, pero ese llanto comenzó
a retenerse en sus entrañas por varios años. Al ver el armario de su madre
vacío sintió que su alma se partía en mil pedazos, su muerte se renovaba cada
vez que recordaba la conversación que había tenido con ella, sus palabras y sus
lágrimas, en ese momento, en ese justo instante, su corazón se enfrió y pensó:
- " No me aferraré a las personas, me
convertiré en la persona más fría del planeta tierra".
Desde ese trágico día, su vida cambió para siempre, aquella madre amorosa y juguetona ya era una extraña,
una persona más, que se debía respetar, pero que no inspiraba nada más, tanto fue
así, que cuando se presentó el divorcio legal, ella decidió quedarse con su
padre, sin saber que se enterraba su propio puñal.
Su padre también
cambió, pero en cierta forma encontró la paz que había perdido, ahora se aferró
más a su hija llenándola de todo lo que ella quería, pero asfixiándola,
controlándola, aunque siguió siendo muy parco, tan parco que nunca habló con su
hija de la partida de su madre, ni del divorcio, para ambos aquella situación
nunca pasó y se ocultó en sus silencios y en su indiferencia.
Ella creció sin tener una madre como amiga, se veía con ella,
pero era como si estuviera hablando con una pared, tal vez en ese instante no
le perdonó su abandono o no comprendió porque lo hizo. Se volvió introvertida,
cobarde, con la autoestima en los talones y mucho más tímida de lo que era,
(pero jamás lloró), por lo que nunca conoció un novio y llegó a la universidad
con su mente llena de tabúes implantados por su padre.
Le dio dificultad hacer amistades, sobre todo con los
hombres, ya que venía de un colegio femenino y su padre jamás le permitió tener
amigos y además creía que era invisible para los hombres, los cuales no le hablaban,
ni la determinaban, siempre buscaban las jóvenes lindas y extrovertidas, dotes
que jamás tuvo. Ella era una joven mujer, muerta en vida, sus deseos y anhelos eran palabras que se las llevaban el
viento y el miedo.
Pasó su universidad estudiando fuertemente, obteniendo las
mejores notas y evitando cuanta fiesta, rumba o paseo armaban los compañeros de
clase, debido al “no” rotundo que siempre encontraba por parte de su padre, y
que ella se negaba a refutar por pensar siempre en la tranquilidad y felicidad de
él. Su vida no era vida, su juventud se extinguía y ella se hundía en su
estudio y en su realidad monótona, donde sus únicas alegrías eran exámenes
ganados, materias superadas y semestres alcanzados.
Pasaron los años y ella alcanzó la edad de 27 años, sola,
jamás conoció un hombre que la hiciera sentir amada o deseada y los deseos
reprimidos junto con el llanto seguían acumulándose en sus entrañas. Su sonrisa
juvenil se perdió, como se pierde el sol en pleno día de fuerte tormenta,
mientras su boca se marchitaba esperando que alguien la amara y robara su
virgen pasión.
La relación con su madre había mejorado pero nunca más pudo
verla como madre, ni como amiga, no le contaba sus cosas, ni sus ilusiones
rotas, que fueron bastantes, principalmente porque se enamoraba del amor, de
amores no correspondidos, de amores irreales, de hombres que nunca la veían, de
muchachos inalcanzables.
Igualmente ocurría con su padre, el cual cada día la controlaba
mucho más y parecía no importarle su felicidad. Ella pudo comprobar, con esto,
la razón por la cual su madre huyó del lado de su padre, sólo que se le olvidó
su más preciado amor, ella, esa niña frágil abandonada, la cual dejó sola en
ese infierno.
Así entre recuerdos melancólicos, reproches a su felicidad no
encontrada, deseos de no seguir viviendo, arrepentimientos de actos cobardes,
de vacíos no llenados y llantos reprimidos, decidió una tarde de lluvia subir
al edificio más alto de la ciudad, allí junto al abismo contemplando el vacío
sintió una sensación de miedo y emoción, sonriendo entre lágrimas pensó en voz
alta, así, se debe sentir cuando se hace el amor, y se acercó más al precipicio y fue cuando su
mente le decía ¡Al fin estás viviendo!, de sus ojos brotaban lágrimas gruesas y
cálidas y de su boca salió un grito:
- - ¡Viva, al fin me siento viva!
Y se dejó caer mientras la adrenalina hacía palpitar su
corazón, corazón que había estado latiendo sólo por la tristeza y la
desilusión. Quién lo habría dicho, vivir mientras se está muriendo. Su sonrisa
se aumentaba tanto como sus lágrimas, mientras su cabello volaba junto al
viento y humedecido por la lluvia golpeaba sus labios y ella se preguntaba para sí:
" ¿Es acaso así, como se siente un beso húmedo?"
Pero no tuvo respuesta. Al observar la
distancia que la separaba del suelo, recordó su infancia, sus padres, su
colegio, sus compañeros de universidad, sus amores frustrados y volvió a
gritar.
- - ¡libre y viva!; ¡libre y viva!, ya no
sufriré más…
Su cuerpo cayó sobre el pavimento y su muerte fue
instantánea, las personas que vieron su cadáver repetían aterrorizados:
- - En su rostro demacrado, se asomaba una
increíble sonrisa.
Cuando vivir es morir y cuando morir es vivir. Basada en una
historia real y de alguien muy cercano.