El sonido de las sombras
en los cuerpos que las proyectan,
el balbuceo constante
al encuentro de mi huella
con tu carne,
ahora se niegan a callar,
recitan,
el fluido del viento
que se ha sentado en tus pupilas
y descifra el idioma de las manos,
pero que aún le cuesta pronunciar
al arrogante dolor valentonado.
¡No frustres este melodioso augurio!,
mi aire en las entrañas
no basta, no alcanza
para arrancar el ingrato, sangrante silencio
de mis mordidos labios.
Porque el nudo en la garganta
ya se lo tragó la aurora
y ahora es el corazón
atado a sus espinas
que intenta decirlo,
pero solo se asoma
una sonrisa tardía,
una mirada cabizbaja
con una retirada en derrota.