Enhebra tu savia en mi sangre,
sin pretender curar llanto, alguno.
Los pájaros en mi cabeza derraman heridas. Tomo sus plumas y me estanco, escribiendo. Te invito a curar conmigo.
Voy a despertarme profundamente,
finalizar desde cero,
escuchar lo sordo de un aliento,
fingir la mentira de lo verdadero.
Volar usando la caída como alas,
y el asfalto como paracaídas.
Deshacerte el amor
vistiéndote con la obsenidad de mis bragas.
Destruir castillos de nieve,
matar el tiempo con mi espera,
y afanarlo con su propio reloj
que marca la impaciencia.
Recordarte en un olvido,
amarte en un desamor,
follarte en un celibato de ayuno.
Aunque, algunas veces, casi nunca...
enamorarme de tu odio,
mientras me desenamoro de amor.
Sombras en ruinas engendran demonios,
se hacen llamar estrellas sin brillo,
se les siente alas rasgadas
y una rabia del no deseo, desnudo.
Penumbras alumbran hambres,
distorsiones que ciegan la piel.
Hay residuos miopes de luz.
Noche oscura de los sentidos,
un ojo que no oye,
una tez que no ve,
una boca que no toca, solo gime sin voz.
Concebir el rasguño de la oscuridad,
recibir el dolor negro en el sexo abierto.
Un vientre gélido y una mano temblorosa,
un murmullo de orgasmo muerto,
una vida que empieza con la muerte,
una muerte que no termina con la ausencia.
Falta un sentido
y sobra mucha piel.
Falta una razón
y no queda ninguna excusa...
para volver a caer en la ofuscación
del caos tinieblo de una noche, sin él.
La reciprocidad, esa desgraciada, siempre me ha dolido muchas despedidas, porque en la tormenta que soy, siempre me empeño como poema agradecido e inútil, en corresponderle al lado oscuro de una mano que nunca brinda nada, o que tal vez, lo que regala solo es indiferencia, silencio y desilusión.
La desgraciada mencionada, es cómplice, aunque la palabra más adecuada es, secuaz, de la puta amabilidad, que en mi precaria existencia no me ha sirvido sino para desgastar mi sonrisa y desanimar esfuerzos en satisfacer al odioso mundo que me rodea, pero que solo me responde con una insulsa y ruidosa soledad.
Todo comienza con una buena pero muy ingenua y tonta intención de desbordarme completa, hasta el punto de entregar hasta los ríos y mares que no tengo, sin cavilar atentamente, si el que está en la otra orilla va a recibir con los brazos abiertos mi inundación o si es su deseo, el de hundirse en mi caudal .
Y así como todo comienza, se termina, en un fútil instante, en donde la única que naufraga soy yo, en otra visceral manera de decirlo, me ahogo en mi propia inundación al esperar siempre del otro, como idiota vacía, una maldita reciprocidad que nunca llega, porque está enterrada en lo más profundo del corazón podrido del egoísmo.
Y es que ahora, soy y seré aquella que no le interesa en lo más mínimo dar más de sí, tal vez, porque soy agujero sin nada, sin fondo o, porque ahora clausuro con el candado de la antipatía toda generosidad que nunca en la vida me ha sido devuelta como lo anhelaba, sí, en tiempo pasado, porque ya mi presente perfecto es: "no dar, sin esperar", más bien, darme todo para esperar llegar entera, sin rotos, ni sufrimientos por alguien que nunca abrirá su desprendimiento, por mí" .
Estoy en la polución de tus desaires,
en el cigarro matutino,
después del orgasmo,
o tal vez, después del suplicio.
Hombre de diáfanas certezas,
sin darte cuenta,
me has fumado veintitantas veces,
mientras el café que tanteas
se hace tu verdugo compañero.
Arrojas mis cenizas al viento,
callas mis incendios
para que el frío no remuerda
en la ausencia consciente.
Me hago nube de polvo.
Con la forma de tu hastío,
quieres crearme a partir de tu desdén
y por eso ignoras con apatía
las mujeres que te arrebantan
con sus vanidades, mi olvido.
Me formo de la niebla en tus rincones,
soy espejismo en la lluvia,
donde se delira solo una mirada triste,
y sin embargo, aparezco y desaparezco.
tal cual es el humo.
Aquel humo etéreo, tenue
con la figura que tu melancolía le impregna
engañada, sin duda,
por la perniciosa soledad
y por mi frágil valentía.
Me siento como si fuera otra,
como aquella,
la que sale huyendo
por la sutil lágrima
despojando alas,
destiñendo colores,
marchitando flores.
Soy aquella,
sin embargo,
la única que queda,
la que sigue rompiendo en llanto,
la efímera,
la que siempre metamorfosea,
la eterna,
la que siempre muere.
Nunca he salido de mi piel,
sigo encarcelada en sus cicatrices,
en los barrotes de mi sangre,
y si me abandono,
es para ponerme candado.
De vez en cuando
recorro mis grietas,
sobre todo cuando escribo,
y encuentro soledad,
pero no libertad.
Quisiera librarme
de estas paredes cansadas,
de mis pasillos con fantasmas,
de las goteras de mis miedos.
Huir de mí, tal vez, por una herida ajena.
Anhelo abrir mis ventanas
que miran, pero no observan,
simplemente ignoran
en su indiferencia.
Con lágrimas que recuerdan la ceguera.
Desearía romperme en escape
de toda esa zona de confort;
esta cobardía, este cuerpo.
Salirme de mis parámetros,
por la puerta de otros abrazos.
En ocasiones, escapo,
en suspiros, lágrimas;
versos, sudor;
respiros, rabias;
silencios, lujurias.
Pero tal vez, nunca me libre de mí.
Solo me espera la soledad
que empuja cada vez más hacia mi egoísmo,
y donde me recibe
mi propio rasguño.
Seguiré rompiéndome
en mil pedazos,
como solo lo sé hacer:
En soledad
y sin libertad.
¿Y si vuelve mi tormenta
a escupir en tu calma?
Miedo a todas las mujeres
que soy, sin saberlo.
Soy mil facetas,
en todas ellas
Te escondes, me descubres,
pero... ¿y sí solo anhelas algunas de ellas?
¿Y si mi parentesco y mi país,
no te hacen hogar?
Temor a que sientas abandono
en fríos ajenos.
Si tú, tienes demonios,
yo tengo monstruos
¿Cuántos?
ya he perdido la cuenta.
Cobardía;
esclavitud;
inseguridad.
Me hacen la tormenta que soy,
aquella que arrasa sin dolor, con los poetas.
Están escabullidas
en el espejo, en mi realidad.
Quiero escapar,
pero no siempre querer, es poder.
¿Y si soy tu propia enemiga?
Huyo en vez de enfrentar (cobardía).
No conozco, ni confío en mi carácter (inseguridad).
Me rodean los brazos del eterno deber de sangre (esclavitud).
El pavor de no corresponder
a tu poema, a tus ánimos
me hace silenciar la lucha.
¿Y si solo soy un arrebato?
Los miedos me menguan,
dejan incompleta mi luna.
Le temo a mi sentir, a mi pensar.
Le tengo pánico a mi ser.
Mi mayor miedo,
soy yo misma.
¿No es mejor entonces, alejarse,
escamparse de la (mi) tormenta?
En la ecuación de mi vida
que parece no tener solución,
eres la incógnita salvadora,
la que debo despejar
a pesar de los nubarrones,
y de los más de 72 demonios
que se arrancaron las alas
para amarte a lo mundano
y devorarte en lujuria.
Busco que seas resultado esperado
donde valga la pena
vivirte doliendo
en todas tus vidas,
como afrodita inmortal
bebiendo tus humedades.
Y en todas tus muertes
como ángel guardian
de tu alma, de tu soledad.
Eres el cálculo perfecto
en mis excesos
donde a veces gano
y otras veces me pierdo,
en la escasez de mí.
Pero eres suficiente
en vida,
en odio,
en pudor.
Necesito resolverte
como fórmula mágica
que conjure al dolor,
porque él tiene memoria,
me hace rozar el delirio,
distorsiona certezas,
se hace amigo del miedo,
desconfía hasta de la muerte
que es lo único seguro en la espera.
Y ahora, en la seguridad de mi muerte
¡Qué hermoso enigma eres!
Encontré el perdón en el mar.
Perdí un rencor,
gané una ausencia
y me guardé su poesía muerta.
Él como mapa, mostraba pistas:
guitarra española,
Madrid en otoño,
mar vulnerable, pero poeta.
Naufragué para encontrarle,
sin importar
la sal en las heridas,
ni la espuma en las alas.
¡Pero, lo encontré!
En lo profundo de su calma,
en las orillas de su olvido.
No se puede ir con el mar,
pero se queda en un perdón.
Y es que ese perdido tesoro
tiene un precio muy alto:
su adiós como perla barata,
su lejanía como moneda falsa.
Ahora sigue quedando el mar
al que le doné mis lágrimas
al que continuo, mirando sin secretos,
el que me ignora con su calmado silencio.
¡Océano, Ya no tiene qué darme!
ya no tengo qué darte.
Posees tu sociego
y yo, mis tormentas.
Pero sigo terca, frente a ti
como estatua de sal.
Esperando que ese perdón
se vuelva algún día, posibilidad.
Te perdí en un perdón,
que encontré, al fin,
en el mar.
Quiero escribirle,
despertar su insomnio
y sin querer, abrir la herida.
Él no me escribe
su enfado le ha puesto
candado al mar.
Lo echo de menos
pero el miedo me retiene
como ola frente acantilado.
Parece de piedra
y no tiene ruido pesado,
más bien, silencio que aturde.
No debo, pero quiero.
Deseo saberlo,
sin herir, sin ser otra.
¿Cómo lo hace?
Si él puede, yo puedo.
Sigo practicando el olvido.
Y solo me sale...
El deseo de escribirle
¿Qué?
No sé... tal vez que perdone
no saber qué escribirle.
La observo su silueta aún refleja la noche su piel blanca pareciera querer borrar lo que un día fue. La observo su mirada me rebota y las...