miércoles, 30 de agosto de 2017





Me di cuenta que caminaba descalza por el dolor que causa sobrevivir, evadiendo todo lo que se ha andado en este lugar; lugar que desangra un cielo rojo por ignorar el llanto de un mar de cicatrices, por atreverse a ponerle atención al ruido de una ultrajada ciudad, que no es más que la poca música que puede salir de una herida.

Y he recorrido la misma herida, una y otra vez, desde la profundidad de sus entrañas hasta la sangre desbordada en la orilla de este puerto, que solo espera que la llaga se cierre y la calma ancle.

Y es que he sido mi propia herida, y ella ha sido el lugar, el hogar, mi ventana, desde donde diviso las ruinas de mis recuerdos, el paisaje de lo vivido, las luces de mis miedos y los bosques de mi siguiente ilusión.

Aprendí a estar y a pertenecer a ella sin huir por sus bordes lacerados o por sus acantilados despiadados, porque duelen más los pies de huir que de recorrer el tormento por todas sus cordilleras, porque duele más cortar las raíces, que expandirlas por las calles solitarias del sufrir.

Y sí, en los callejones de una herida, de mi herida, aún hay casas vacías pidiendo perdón, pero bares repletos de culpas con luces de todos los colores, de todos los errores.

Ya no sé cuánto he caminado, solo sé que siempre tengo un puerto dónde tocar antes de irme, y que me conoce mejor que yo; mi herida, mi ciudad.

LO QUE NO TIENE RESPUESTA

  La observo su silueta aún refleja la noche su piel blanca pareciera querer borrar lo que un día fue.  La observo su mirada me rebota y las...