Me
di cuenta que caminaba descalza por el dolor que causa sobrevivir, evadiendo todo
lo que se ha andado en este lugar; lugar que desangra un cielo rojo por ignorar
el llanto de un mar de cicatrices, por atreverse a ponerle atención al ruido de
una ultrajada ciudad, que no es más que la poca música que puede salir de una
herida.
Y
he recorrido la misma herida, una y otra vez, desde la profundidad de sus entrañas
hasta la sangre desbordada en la orilla de este puerto, que solo espera que la
llaga se cierre y la calma ancle.
Y
es que he sido mi propia herida, y ella ha sido el lugar, el hogar, mi ventana,
desde donde diviso las ruinas de mis recuerdos, el paisaje de lo vivido, las
luces de mis miedos y los bosques de mi siguiente ilusión.
Aprendí
a estar y a pertenecer a ella sin huir por sus bordes lacerados o por sus
acantilados despiadados, porque duelen más los pies de huir que de recorrer el
tormento por todas sus cordilleras, porque duele más cortar las raíces, que expandirlas
por las calles solitarias del sufrir.
Y
sí, en los callejones de una herida, de mi herida, aún hay casas vacías
pidiendo perdón, pero bares repletos de culpas con luces de todos los colores,
de todos los errores.
Ya
no sé cuánto he caminado, solo sé que siempre tengo un puerto dónde tocar antes
de irme, y que me conoce mejor que yo; mi herida, mi ciudad.