En un guiño de invierno
y con la perspectiva de nuestras verdades
envuelta en la huida más próxima,
se engendra una tormenta,
que seguramente naufragó en tu orilla
y gestó la arena hundida
de nuestras huellas,
por las que sigues avanzando
hacia mi marea ahogada,
cicatrizando en negro, tal vez,
la sensibilidad de la primera
lágrima desprendida
que también huye en blanco
por su propia cripta de agua.
Y nos desvastamos por la tormenta,
pero yo sigo flotando como isla,
como si mi materia
buscara otra vez
los pasos fértiles de la tierra,
pero solo hay agua
disuelta en tu barro,
y que hora se convierte
en anegamiento
de nuestras mentiras
ya predichas,
ya (pre)cometidas.
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