Los pájaros en mi cabeza derraman heridas. Tomo sus plumas y me estanco, escribiendo. Te invito a curar conmigo.
domingo, 15 de mayo de 2016
De algo hay que morir
Pensaba que destapar todos mis colores, hasta gastarlos
y que no quedaran ni siquiera aquellos grises
que disfrutaban bordear mi sombra, era vivir.
Creía que soltar mi risa como se descuelga el ancla de un barco
y tocar tierra, palpar firmeza y frenar pudores para alcanzar
el puerto de una felicidad movediza, era vivir.
Me equivocaba cuando exprimía mi última gota de afán
al concluir la más larga batalla de enfrentarme al espejo cada mañana y sobrevivir. Me equivocaba, porque no era suficiente.
Suficiente es querer morir como muere la noche
para darle cabida al amanecer.
Suficiente es querer morir como muere la lluvia
para abrirle los ojos al cielo y mostrarle su sonrisa despejada.
Porque no hay mejor manera de vivir que muriendo,
porque de algo hay que vivir y es de morir.
Como cuando se me llenan los ojos de heridas
y quiero vaciarlos sobre mi melancolía.
La tristeza es vivir.
Como cuando se me alejan unas manos
y me encuentro desnuda de abrazos.
La soledad de estar solo conmigo, es vivir.
Como cuando hallo la ingratitud reblujando mi fe
y ya creer se vuelve la niebla que quiero ignorar.
El dolor es vivir.
Porque cada muerte que elijo desde mis laberintos, es vivir,
no solo desde las carcajadas pasajeras,
sino también desde las cicatrices perpetuas.
miércoles, 20 de enero de 2016
PAREDES VACÍAS.
Aquí se ensordecen las voces de una niña que apenas ayer jugaba a ser feliz; revotan en el espejo, rompiendo la inocencia y armando el rostro del tiempo.
En estas paredes se quedaron danzando los secretos olor a muñecas de trapo; columpiando lágrimas sabor a vestidos de tul y lloviendo deseos color a trenzas enredadas.
Aquí, siempre me iba de mí sin necesidad de mover un solo pie descalzo, los cuales sentían el frío de cada baldosa como el riego a mis raíces que en un instante hacía florecer las risas colgadas en el marco de mi ventana.
Pero esa, mi guarida, mi habitación, a veces extiende sus brazos para vaciarse de mí, recordándome quizás, que esta vez, debo dejar estas paredes vacías que sin dolor ya no se sostendrán más.
Y tal vez me vaya, y tal vez llene otro espacio y al fin me pueda encontrar en otro hogar, pero siempre mi memoria será el baúl donde guarde ese olor a cuentos frescos; ese sabor a miedos risueños y ese color a infancia desolada.
Aquí se ensordecen las voces de una niña que apenas ayer jugaba a ser feliz; revotan en el espejo, rompiendo la inocencia y armando el rostro del tiempo.
En estas paredes se quedaron danzando los secretos olor a muñecas de trapo; columpiando lágrimas sabor a vestidos de tul y lloviendo deseos color a trenzas enredadas.
Aquí, siempre me iba de mí sin necesidad de mover un solo pie descalzo, los cuales sentían el frío de cada baldosa como el riego a mis raíces que en un instante hacía florecer las risas colgadas en el marco de mi ventana.
Pero esa, mi guarida, mi habitación, a veces extiende sus brazos para vaciarse de mí, recordándome quizás, que esta vez, debo dejar estas paredes vacías que sin dolor ya no se sostendrán más.
Y tal vez me vaya, y tal vez llene otro espacio y al fin me pueda encontrar en otro hogar, pero siempre mi memoria será el baúl donde guarde ese olor a cuentos frescos; ese sabor a miedos risueños y ese color a infancia desolada.
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Silencio...
Desordené todas mis letras, todos mis sonidos y seguía siendo el silencio, quien sin decirme nada, me permitía escucharlo todo.
Con él conocí dolores propios que sentía ajenos, como esos rebosantes latidos que hacen que el corazón tome forma de vida y que recorren cada poro de mi coraza, que no es tan dura una vez se calla el orgullo y se apaciguan los gritos de un desesperado ritmo de sobrevivencia.
A veces es bueno hacer del ruido un caos, donde solo quede reblujar la calma, esculcar el silencio, para que la soledad de estar contigo misma se vuelva una conversación con las heridas que no paran de desangrar piel, y a las cuales se les cuente en silencio lo importantes que son para cada ilusión del "volver a empezar".
Hoy lo volví a ver de nuevo,
su hermosa sonrisa,
me hacía sentir como en un sueño,
y mi mundo se tornaba completo.
Hoy lo volví a escuchar de nuevo,
y el eco de su dulce voz,
resonaba una y otra vez en mi interior,
haciéndome olvidar que existe el dolor.
Hoy lo volví a sentir de nuevo,
y su fresca y suave piel,
me hacía tocar su cielo,
olvidando todo mi miedo.
Hoy lo volví a respirar de nuevo,
pero en un rápido momento,
me di cuenta que a pesar de lo que siento,
la amistad es su único sentimiento.
miércoles, 16 de septiembre de 2015
ME CAÍ DE LA LUNA...

Y me bajé a tiempo, eso me dijeron mis pies cuando los golpeé con la realidad. Y es que estar allá arriba, me hacía olvidar lo descalza que estaba, al no aterrizar como hecho, pero sí caer como ilusión.
Pensé mucho en tirarme, pero la comodidad de ignorar el abismo me hacía sonreírle a la apariencia de volar, cuando en realidad solo me suspendía en el limbo de una tímida voluntad.
Me fascinaba acurrucar mis alas en su falso aleteo y creer que cambiaba vacíos por cielos, porque ambos me exigían ocupar un espacio, aunque fuera para acomodar los columpios donde mecía y refugiaba mis lágrimas.
Descendí de sus cráteres como liberándome de sus pieles, lloré al desnudarme y nunca me dolió tanto reparar las heridas, porque arriba sentía que dolía, que era herida de alguna luz.
Me bajé de la luna y era como si una estrella se descalzara para mostrarme el camino o un cometa hubiera tomado el impulso de caerse del columpio y besara el suelo con sus sonrisa de llanto.
Me caí, pero era volver de mí, como si partiera desde mis olvidos hasta llegar a donde una vez me reconocí como mi hogar; la piel de mis suelos.
martes, 8 de septiembre de 2015
También te llamé refugio, y aunque tus murallas me abrazaron, jamás disfrute tanto de mis jaulas. Porque me encerraste en mí y supe que amarme entre los barrotes de mis defectos podía hacer brotar las más hermosas alas.
Y es que volar en mí, me hizo despejar un cielo para los dos y coger entre mis ojos las formas de aquellas nubes que imaginé y exprimirles la libertad que tú te empeñas en colgar sobre el peso de las caídas que se alivianan ya. Porque sé que al final, aterrizar, se volverá el comenzar de un camino donde tus piedras no quiero quitar.
Porque si me tropiezo contigo, el cielo se muda bajo mis pies y levantarme se vuelve el levitar de las raíces que sostienen mis talones, para producir el milagro, ese, ese milagro de abrir las valentías y verte a mi lado sin olvidarme de mis alas, porque me sostienes en mí y entiendo que debo ser mi propio viento que alce la cometa y eleve la sonrisa de esa niña que mira hacia arriba para verse estrenarse en vuelo.
También te llamé escondite, aunque me encontré cuando te busqué en mis palpitares que se escondían hasta de mi propio sentir. Pero te llamé y viniste y contigo vine yo, para entender que encontrarme era encontrar mi refugio, mi escondite, en un silencio más sencillo; encontrarte a ti.
Cenizas de un puente no cruzado.
Se me hace mentira hasta la realidad
y mis lluvias cansadas
también quieren columpiarse sobre la verdad.
Ya no tengo lágrimas donde más caer,
ni batallas que librar,
porque todo lo que he perdido
me acompaña en la soledad ganada.
Solía acomodarme entre mi caos,
y ahora es como si me quedara pequeña la vida,
y no me alcanzara para llenarme los brazos de sonrisas.
Y tú estás ahí, es verdad; mi verdad,
pero me parece mentira que desde tan lejos
puedas tocar las profundas fibras de mi disimulo
el cual trata de fingir que me es posible nuestros tiempos acercar.
Me duelen las ganas de sonreír,
pero más me arden los deseos de acurrucarte entre mis hechos
y no poder ver el fuego, pero sí las cenizas
de un puente que quizás nunca podremos cruzar.
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