Pobre poeta que no
logra palpar aquella piel;
ese vicio enfermo de
soñar despierto con la suave desnudez
de aquellas manos que
deseó moldear alguna vez
y que ahora no son más
que espejismos efímeros de una musa de hiel.
Mientras las horas
danzan sobre la oscuridad de su habitación,
el deseo de hacer el
amor con el recuerdo de la musa de su inspiración,
se hace insoportable, así
como la presencia de un papel en blanco,
que acosa y arde por
ser acariciado con versos del corazón.
No resistiendo más las
insinuaciones de la pluma entintada,
el poeta desviste su
sentir, desnuda toda su reprimida alma,
y al escribir pareciera
que deseara al papel,
pero realmente a quien
desea, es a ella, a su musa de
porcelana.
Cada estrofa, cada
letra, es un beso que desahoga su placer,
al pensar que logran de
algún modo, rozar la intimidad de la piel
de aquella mujer que
una primavera lo hizo florecer,
y ahora le deja un
invierno helado, en su incompleto ser.
Aún excitado y cansado,
nuestro poeta deja de
derramar su humedad en la hoja,
y ahora su mano queda
sudorosa,
como el amante después
de un erótico trajín.
De sus mejillas brotan
lágrimas que lo hacen reaccionar.
Dirige su mirada hacia
su cama y la ve vacía y ordenada,
en su mente sólo pasan las
ansias de recrear lo que escribió,
pero sólo son letras
que se las llevó la ausencia,
de un abrazo que
terminó en un áspero adiós.
Pero a pesar de eso, el
poeta cada noche de soledad,
toma la pluma y el
papel,
plasma y dibuja en él,
ardientes versos,
imaginando a su musa
desnudar su intimidad,
y recreando su regreso a sus desolados brazos.
Certera radiografía que nos desnuda.
ResponderEliminarBesos.
Real desnudez de aquellos que mostramos la piel en las letras.
ResponderEliminarSaludos y abrazos.