Pronunciaste la brevedad de la vida
en un vendaval de rizos negros,
y mi tiempo se volvió arena movediza al atardecer.
Me explicaste el pesimismo del viento
cuando te recogiste el pelo
sin tener en cuenta el orgullo de mi marea.
Me susurraste al oído de la realidad:
"vendrá la muerte",
pero ésta no tendrá tus ojos.
Le gritaste al engañador de la muerte
pero la roca sigue rodando,
entre la absurdidad de mi conciencia sin ti.
Ya conozco la violencia de tu labio,
ya sé el movimiento secreto de tu mirada,
la imprecisión de tu silencio.
Y ahora he escuchado entonces
no mi nombre,
no mi aire,
sí mi olvido
que eventualmente no intentas callar.