Con la vista perdida
en la profundidad de los miedos,
en una soledad inventada
por una apesadumbrada existencia,
definamos la mortalidad del abismo,
justo, cuando los silencios
con oscuridad pronunciada
y con los dedos muertos del vacío,
arranquen la rota nada.
Signifiquemos el espacio inmenso,
soberbio,
que hiere la caída,
ahora no tan solitaria
cuando nuestros cuerpos chocan
en una sola materia de paisajes
y precipitan lo incierto
en un giro de ojos,
parpadeando la realidad,
lubricando sombras,
concretando formas
al verme reflejada en tus pupilas
y de dos rostros desconocidos
confrontando el nuevo encuentro
en la certeza de un horizonte cercano.
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