Un velo de cristales quebrados
secuestra el reflejo doble, astuto
por donde el miedo miró lo prohibido:
-El pudor de unos ojos cubriéndose con lágrimas, su desnudez-
Y bajo ese velo cortante
ejecutando su minuciosa ablación,
se disimula lo que susurraste a la luz,
tu boca cerrada,
pero tú cuerpo abierto
al roce del filoso dolor,
Expectante, a los trozos de miradas vidriosas
ya hechas espejos precipitosos
que manchan la sangre de heridas.
Ahora, el miedo es ciego,
pero el íntimo suplicio habla
de lo que el desastre ya sabe
y nombra entre visos confundidos:
Se nos ha derrumbado
encima de las sombras,
el espejismo a contraluz
de un anhelo egocéntrico
por aquel amor, ardor sin dolor.
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