“Cuando buscamos ser mejores de lo que somos, todo a nuestro alrededor se vuelve mejor también.”
Paulo Coelho
Te conocí en un remolino de letras,
cuando el azul del mar era solo marea,
sin islas que golpear,
sin cielo que lamer.
Te reconocí como ola rompiendo soledades,
sin retorno, como entrada a un nuevo París,
y como una huida de una ciudad sin ruinas,
tan limpia, de tanto abandono.
Te interpreté en pleno vendaval,
de verbos, versos y duelo,
como si perdonaras al tiempo
por haberte dejado el mar y arrebatarte la ausencia.
Acepté tu entrada triunfal con tus espumeantes azulejos,
compartiendo vida como recién nacido
bautizado en la profundidad de un abrazo.
Acercaste la lejanía de un hogar, con guitarras,
y éstas suplican al océano, que tararee tu boca.
Te volviste faro hasta en el día.
Mis tormentas migran a tu ombligo,
siempre queriendo congeniar con las mariposas de tu vientre
y así, desterrar la piel resbaladiza de mis dedos.
Te identifico, te reconozco
en aquellos oleajes con viento a tu favor,
en el verso, en todo eso,
en el escritor afanado por repercutir en mis acantilados.
Me conozco en ese naranja,
que una vez trató de rimar con tu índigo,
y es que me recuerdas que sigue habiendo un mar,
a pesar de yo querer ser, tú atardecer azul.
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