Resfriado de letras,
voz ronca del verso,
rasquiña en cuerdas vocales del silencio.
Tose el otoño, enferma de rojo al sereno.
Frío en la temperatura del volcán,
a la falta de unos brazos, como pañuelo
que recojan el sin aliento,
de aquel sudor de una fiebre sin piel.
Besos malagueños, pastillas de mentol
miel que suaviza el carraspeo
de un líbido sin domar,
virulento de tanto desear.
Bufanda, como soga suicida
para un cuello que estornuda
contagios de días enfermos de ansiedad
en su propio pecho de alcanfor.
Inyección de oxígeno de lascivia,
té caliente de la mano del poeta,
que tiene ampollas, más bien experiencia,
en acariciar gatos en dolor...
¿Y es que él,
el mencionado
poeta y malagueño
el único medicamento
que cure la infección?
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