Me pesa el cuello y la serenidad
de llevar tres claveles muertos:
Uno,
por mis vértigos
que desequilibran la balanza
hacia el lado de tu imparcial sigilo,
el cual, veo en todos los gatos
de mis tejados baldíos.
Otro,
por tu lluvia,
escurridiza como la ausencia
que no se toca.
Solo termino como niña acostumbrada
ha chocar siempre con el fondo de piel
de mis manos vacías.
El último y más marchito,
le hace falta un pétalo pardo,
que se quedó deshojando tus inviernos
en lo más recóndito de la pálida tarde,
donde te vi la vez primera,
rompiendo recuerdos enlutados
mientras fumabas un cigarrillo blanco.
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