Ella suspira la canción de la tarde,
con tanta paciencia,
que la soledad mientras toma el café,
se embelesa.
Pasea entre silencios,
pisando el frío
de algunos callejones sin salida
que no le permitieron recorrer su destino.
Mira con un poco de tristeza
la luz tenue
que atravieza la rendija
de ese profundo respiro
que evita salir como lamento,
pero que enreda su pelo con recelo.
Ella termina de urgar
con su mirada, el vacío,
y este ya, libre de ojos entrometidos,
comienza a lloverse.
Y ahora, la soledad se ha acabado todo el café,
el asombro se perdió en algún cristal opacado por la vida,
la tristeza alisó su pelo,
la paciencia olvidó su recato,
y la luz tenue, ahora brilla,
en una gota salada
que se derrumba por su mejilla,
tan dolorosamente,
que el mar quiere volverse dulce.
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