¿Se puede envidiar a un muerto?
Yo sí lo hago.
A un muerto por su vida vivida. Porque aunque estoy viva, no he vivido ni la mitad de tu muerte, Hanna, querida.
A veces lo leo (la verdad es que, ¡joder! , me paso todas las putas horas de mi vida, no vivida, leyéndolo) y no te imaginas que hermoso es, descifrar tu presencia al final de absolutamente todos sus escritos, esa estela de tu ausencia que se autosabotea en un suspiro, el mío, al pronunciar el punto final con mi acento.
Y es que estás en todos, Hanna, querida, no hay excepción, sobre todo, en los que se menciona al gato maúllando su nostalgia, convertida en el humo de mil cigarros fumados y que la mayoría de veces, se plasman en dedo y teclado, lo que termina nominado y ganador de la más valerosa denominación: "Mi escritor favorito".
¡Y claro que te envidio, Hanna, querida!, como no hacerlo, si lo viviste, lo tuviste y lo tienes incluso ahora, cuando tu reino es de nubes aladas, en donde no existe el hambre, ni el miedo.
Pero, yo, en cambio, sigo aquí, muriendo en vida más que viviendo, espiando a un gato que fuma tu melena de Cassandra, que se hace un dedo en honor a tu cintura y que brinda con tus piernas largas, cada vez que pasea de cuerpo por Madrid y de mente y alma por Málaga.
Hanna, querida, ¿Lo podré acariciar alguna vez?, ¿Me darás tu autorización para calmarle su dolor?, ¿tendré tu bendición, para vivirlo mientras yo resucitó en él...?
Creí que tal vez tú, Hanna, querida, tenías todas las respuestas.
No te preocupes por la forma en que te comunicas conmigo, recuerda que lo leo a él, todas las putas horas de mi vida no vivida, quien sabe, en alguno de sus poemas encontraré tus respuestas, Hanna, querida.
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