Nunca he salido de mi piel,
sigo encarcelada en sus cicatrices,
en los barrotes de mi sangre,
y si me abandono,
es para ponerme candado.
De vez en cuando
recorro mis grietas,
sobre todo cuando escribo,
y encuentro soledad,
pero no libertad.
Quisiera librarme
de estas paredes cansadas,
de mis pasillos con fantasmas,
de las goteras de mis miedos.
Huir de mí, tal vez, por una herida ajena.
Anhelo abrir mis ventanas
que miran, pero no observan,
simplemente ignoran
en su indiferencia.
Con lágrimas que recuerdan la ceguera.
Desearía romperme en escape
de toda esa zona de confort;
esta cobardía, este cuerpo.
Salirme de mis parámetros,
por la puerta de otros abrazos.
En ocasiones, escapo,
en suspiros, lágrimas;
versos, sudor;
respiros, rabias;
silencios, lujurias.
Pero tal vez, nunca me libre de mí.
Solo me espera la soledad
que empuja cada vez más hacia mi egoísmo,
y donde me recibe
mi propio rasguño.
Seguiré rompiéndome
en mil pedazos,
como solo lo sé hacer:
En soledad
y sin libertad.
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