Estoy en la polución de tus desaires,
en el cigarro matutino,
después del orgasmo,
o tal vez, después del suplicio.
Hombre de diáfanas certezas,
sin darte cuenta,
me has fumado veintitantas veces,
mientras el café que tanteas
se hace tu verdugo compañero.
Arrojas mis cenizas al viento,
callas mis incendios
para que el frío no remuerda
en la ausencia consciente.
Me hago nube de polvo.
Con la forma de tu hastío,
quieres crearme a partir de tu desdén
y por eso ignoras con apatía
las mujeres que te arrebantan
con sus vanidades, mi olvido.
Me formo de la niebla en tus rincones,
soy espejismo en la lluvia,
donde se delira solo una mirada triste,
y sin embargo, aparezco y desaparezco.
tal cual es el humo.
Aquel humo etéreo, tenue
con la figura que tu melancolía le impregna
engañada, sin duda,
por la perniciosa soledad
y por mi frágil valentía.
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