La reciprocidad, esa desgraciada, siempre me ha dolido muchas despedidas, porque en la tormenta que soy, siempre me empeño como poema agradecido e inútil, en corresponderle al lado oscuro de una mano que nunca brinda nada, o que tal vez, lo que regala solo es indiferencia, silencio y desilusión.
La desgraciada mencionada, es cómplice, aunque la palabra más adecuada es, secuaz, de la puta amabilidad, que en mi precaria existencia no me ha sirvido sino para desgastar mi sonrisa y desanimar esfuerzos en satisfacer al odioso mundo que me rodea, pero que solo me responde con una insulsa y ruidosa soledad.
Todo comienza con una buena pero muy ingenua y tonta intención de desbordarme completa, hasta el punto de entregar hasta los ríos y mares que no tengo, sin cavilar atentamente, si el que está en la otra orilla va a recibir con los brazos abiertos mi inundación o si es su deseo, el de hundirse en mi caudal .
Y así como todo comienza, se termina, en un fútil instante, en donde la única que naufraga soy yo, en otra visceral manera de decirlo, me ahogo en mi propia inundación al esperar siempre del otro, como idiota vacía, una maldita reciprocidad que nunca llega, porque está enterrada en lo más profundo del corazón podrido del egoísmo.
Y es que ahora, soy y seré aquella que no le interesa en lo más mínimo dar más de sí, tal vez, porque soy agujero sin nada, sin fondo o, porque ahora clausuro con el candado de la antipatía toda generosidad que nunca en la vida me ha sido devuelta como lo anhelaba, sí, en tiempo pasado, porque ya mi presente perfecto es: "no dar, sin esperar", más bien, darme todo para esperar llegar entera, sin rotos, ni sufrimientos por alguien que nunca abrirá su desprendimiento, por mí" .
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