Encontré el perdón en el mar.
Perdí un rencor,
gané una ausencia
y me guardé su poesía muerta.
Él como mapa, mostraba pistas:
guitarra española,
Madrid en otoño,
mar vulnerable, pero poeta.
Naufragué para encontrarle,
sin importar
la sal en las heridas,
ni la espuma en las alas.
¡Pero, lo encontré!
En lo profundo de su calma,
en las orillas de su olvido.
No se puede ir con el mar,
pero se queda en un perdón.
Y es que ese perdido tesoro
tiene un precio muy alto:
su adiós como perla barata,
su lejanía como moneda falsa.
Ahora sigue quedando el mar
al que le doné mis lágrimas
al que continuo, mirando sin secretos,
el que me ignora con su calmado silencio.
¡Océano, Ya no tiene qué darme!
ya no tengo qué darte.
Posees tu sociego
y yo, mis tormentas.
Pero sigo terca, frente a ti
como estatua de sal.
Esperando que ese perdón
se vuelva algún día, posibilidad.
Te perdí en un perdón,
que encontré, al fin,
en el mar.
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