No puedo llamarlo poesía,
cuando es la lluvia mintiendo por el cielo,
pero sí, es la vida apuntándome con su reloj,
mientras me autoflagelo con el minutero.
Es la muerte follando al compás
de una boca soez, que en realidad es una cicatriz.
Parece ser, la sombra de un miedo,
Inquieta,
Vagabundeando por el callejón de la amargura.
No puedo llamarlo poesía,
pero se asemeja tanto a un caos de redención estacando fríos desertores,
que debo nombrarlo poema,
porque amaina látigos intoxicados,
exilia ardores
y atrae sentires en carne viva,
haciendo de la poesía sinónimo de existencia.
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