Mi reloj de arena,
el de adentro,
el que transita mi sudor
siempre marca la misma hora
en la que llegó tarde, el mar,
a salvar mi orilla.
Llegó tarde
porque se quedó a escuchar
todas las canciones
que laten en la herida,
bebiendo de mi sangre,
embriagándose de mis nostalgias.
Bohemio,
recorrió mis orgasmos
encontrando guitarras andaluzas
imposibles de amar.
Se alojó en mis lágrimas
evocando un frío de mirada triste
incapaz de desear.
Se resguardó de mi risa
en una mentira hermosa
solo con el interés
de dejarme vacía.
Por último,
fue turista extraño
en mis latidos platónicos,
soltando polvos de estrellas fugaces
que hacen estornudar a esta tonta poesía.
(...)
El mar llegó tarde,
o quizás,
mi reloj se atrasó para vivir,
o se adelantó para doler,
marcando siempre,
la misma hora.
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