Árbol,
tus raíces te lloran,
caen como
lluvia,
sangre,
gota de sal,
ángeles sin alas.
La gravedad
del tiempo,
de la realidad
las vence.
Árbol,
te inclinas
queriendo consolarlas
-O tal vez,
para llorar con ellas-
suplicas a tu sombra
que te abrace
hasta la raíz de sus raíces
pues la tierra seca
deforesta bosques
sin sentir.
Árbol,
en el verdor estático
de una brisa dolorosa
se agita tu corteza
-coraza de barrotes inherentes-
tan inherentes a tu savia
pero el candado no se abre
ni siquiera cayéndose
todas las hojas
de lo árido,
de lo inerte
que te aprisiona,
que estrangula,
nuestra espesura.
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