Hoy conocí
por la plegaria de una rosa,
los labios del viento
que se llevan,
aquel jazz sobrio
que alguna vez robó
la cordura de mi pecho.
Pronuncian la brisa helada
de ese mismo jazz,
que ahora ebrio,
retumba sin eco
en un violonchelo olvidado,
sobre una tragedia
de un abrazo sin abrazar,
donde los amantes
se abandonan
en sexo de despedida.
Callan gritando
los melodramas
de una sangre en escozor
que compite con la de las olas,
blanca, espumosa, erosiva,
desgastando gaviotas
que no cesan de desafiar
la plegaria del viento
con el insistente jazz ebrio
entre las alas.
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