Escuchando las arrugas
de la vida,
ellas me cuentan del dolor
y sus múltiples caras,
con sus ojos de tantas miradas
que los míos no quieren cerrarse
-y aunque quisieran, no pueden-
El dolor que más me gusta
es tu dolor mundano,
ese que supura de un verso bohemio
fornicando ángeles,
resucitando demonios.
Ese verso escrito sobre tu vicio
que sucumbe a la tentación
de dos piernas largas
con ganas de desnudar la noche,
esa mujer de rostro triste
que no puede con el peso de su oscuro
pero entre copas vagabundas
se alijera su negro, alucinando
sirenas que se tocan frente al mar somnoliento...
Y ahí apareces tú,
cruzando la frontera de tu sexo
al escribir orgasmos
que te vigilan
por si cae alguna gota de sudor
en la esquina de la lascivia de esa hoja
que has acariciado tanto,
que las sirenas ahora
con tacones sensuales caminan
entre tu entrepierna
cuando tu tinta se hace líquida,
y se libera de ti...
Y al final queda un solo escritor
y una aprendiz
que tiene muy lejos
a su maestro,
y que le gusta mucho tu dolor mundano.
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