Hay lloviznas en el arco de su ceja, en su rocío se puede satisfacer mi selva entera. Gota a gota me cuenta la historia de la mujer de medianoche que desmembró su reloj, estrujándolo entre su libertad de ser y la jaula invisible de sus ausencias.
Sí, hay lloviznas, pero también tiene cenizas espinosas entre sus ansias empuñadas, y cuando se las fuma, con celo varonil, se incendian tan dolorosamente frágil, que el cielo anhela merecer ese ardor de media luna, que no lastima sin querer, a esta mujer de medianoche que ya no tiene reloj, pero aún le quedan las ausencias en la comisura de esa caricia hecha rocío.
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