Con la densidad del abandono,
sin sentirme entre sus arterias de sangre fría
desahoga nadas muertas,
afirmando:
"Nadie, a estas alturas de mi vida"
mientras yo,
paso en puntillas por sus bordes
mutando la palabra nadie
por núcleos de mi piel,
coleccionando precipicios sin saltar,
esperándolo con mi carne bierta
en la azotea de su nostalgia,
para recibirlo con su yo insuficiente
y volverlo un nosotros
capaz de esterilizar el rencor
de los distraídos días
por tanta ausencia acumulada
en recovecos mentales
de caricias falsas.
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